Enrique VIII, el rey famoso por sus seis esposas, iba por la quinta cuando se casó con Catalina Howard en el verano de 1540. Tenía cuarenta y nueve años, era corpulento y arrastraba una pierna que nunca llegó a curarse. Ella tenía unos diecisiete, y nadie sabe con certeza su edad exacta. Él había anulado su matrimonio anterior a los seis meses, así que estaba dispuesto a quedar encantado, y lo quedó. La llamaba su joya y le regaló joyas de verdad a juego.
Have You Been Told About London?
La carrera más larga de la Inglaterra Tudor
Quince meses después, el 2 de noviembre de 1541, le llegó en la Capilla Real de Hampton Court una carta que le entregó Thomas Cranmer, arzobispo de Canterbury. Contaba que los años de muchacha de Catalina, pasados en casa de su abuelastra, habían sido bastante más animados de lo que nadie había mencionado, y que últimamente pasaba muchas veladas hasta tarde con un cortesano llamado Thomas Culpeper. Para una esposa corriente, aquello habría sido un escándalo. Para una reina contaba como traición, porque todo su cometido era dar al rey hijos que fueran suyos sin la menor duda.
Enrique partió hacia Londres. Catalina quedó encerrada en sus aposentos de Hampton Court mientras se instruía el caso.
Lo que ocurrió después pertenece a la tradición, y no aparece en ningún relato escrito en la época. Cuenta la historia que burló a sus guardias y echó a correr. Recorrió la larga galería hacia la capilla donde Enrique oía misa, gritando su nombre y convencida de que, si lograba cruzar aquella puerta y que la vieran, todo podía arreglarse todavía. La atraparon antes de llegar y la arrastraron de vuelta. El rey, según el relato, se quedó exactamente donde estaba y siguió rezando.
Fue decapitada en la Torre de Londres el 13 de febrero de 1542. El embajador imperial informó de que, la noche anterior, pidió que le llevaran el tajo a su habitación para practicar cómo apoyar en él la cabeza. Cuesta imaginar algo más Tudor que una adolescente ensayando su propia ejecución para no dar el espectáculo el día señalado.
Desde entonces, la galería se conoce como la Galería Encantada. El personal y los visitantes hablan de zonas de frío repentino y de la sensación de que alguien pasa con prisa. En octubre de 2003, una cámara de seguridad que enfocaba una puerta cortafuegos cercana la grabó abriéndose de golpe varias noches seguidas, y en una de ellas apareció en el umbral una figura con largos ropajes. Los vigilantes la apodaron Skeletor. Nadie ha confesado nunca haber gastado una broma, lo cual tiene mérito en un palacio cuyo personal adora disfrazarse.
La Capilla Real sigue allí, al final de esa galería, todavía en uso, con su techo azul y dorado en lo alto, y exactamente igual de lejos que aquel día.



