La casa de mis abuelos en la India olía de una manera particular. Cálida, precisa, hecha de capas de cosas que de niña no habría sabido nombrar pero que desde entonces he pasado años intentando expresar. Siempre había perfume en el aire, siempre algo en flor en el jardín, siempre la presencia de dos personas que habían construido juntas algo hermoso y lo sabían.
Mi abuela tenía una mente brillante. Había hecho un máster en Matemáticas, había sido directora de colegio y ponía la misma precisión en todo aquello a lo que dedicaba su atención, también en su casa. Las habitaciones estaban llenas de lámparas de araña resplandecientes, alfombras de tejido minucioso, antigüedades elegidas con verdadero conocimiento. Nada era casual. Nada era meramente decorativo. Tenía ojo para la belleza, que era también ojo para la calidad, y para ella las dos cosas eran lo mismo.
En la habitación de mi abuela había un tocador. En uno de sus cajones guardaba sus perfumes, y aquel cajón tenía un olor propio: cálido, complejo, la impresión acumulada de cada frasco que contenía. Cada uno lo había elegido mi abuelo. Cada uno era una carta de amor escrita en aroma.
Llevaba perlas. Grandes collares de tres vueltas, de color crema, y en cada nudo entre perla y perla estaba su perfume. Las joyas eran también un lenguaje de amor entre mis abuelos: las perlas, el perfume, cada uno elegido y regalado con intención, a lo largo de los años. Ahora, cada vez que veo perlas, pienso en ella al instante y por completo.
Mi abuelo era amable de una manera que hacía que la gente se sintiera verdaderamente vista. No la amabilidad impostada de quien se esfuerza, sino la generosidad callada y espontánea de alguien para quien era, sencillamente, la forma natural de ser. Recuerdo la sensación de mi mano pequeña en la suya. Tenía los dedos largos, y la mano cálida y firme, y darle la mano era sentirme a salvo en el sentido más completo. El sándalo y la madera de cedro anclan el fondo de la fragancia, y siento que ninguna otra madera lo abarca de la misma manera. Oscuro, cálido, ligeramente en sombra. Esa cualidad vive en el fondo de Night Blooms.
Mi abuela cultivaba rosas. En su jardín había también un magnolio, y florecía con esa abundancia que parece casi inverosímil. Cuidaba de ambos con esmero y, sospecho, con no pocas opiniones sobre cómo deberían portarse.
En la mesa del comedor cortaba fruta. Lo hacía con una precisión que convertía incluso eso en algo pensado. Cortaba granadas, y yo le robaba los granos, uno a uno: esas pequeñas gemas de rubí que lo manchan todo y tienen un sabor extraordinario.
La granada de Night Blooms, India es ese recuerdo. Directamente, concretamente, por completo. Abre la fragancia porque abría la experiencia de estar con ella.